EL PRESIDENTE DE LA D.P.Z., JAVIER LAMBAN OPINA SOBRE YESA Y DEFIENDE EL PACTO DEL AGUA.

La solución tiene que venir del diálogo, tanto en el plano político como en el territorial, pero no entre el llano y la montaña –una dialéctica más mítica que real- sino entre la ciudad y el medio rural


El debate sobre el recrecimiento de Yesa está produciendo efectos poco deseables para la credibilidad institucional y para la convivencia entre diferentes zonas.

A modo de aprendices de brujo, asistimos a la irrupción de “ingenieros” que garantizan con mil hectómetros cúbicos las mismas prestaciones para las cuales otros ingenieros menos imaginativos –los que firman proyectos- necesitan mil quinientos.

En otro momento, nos avasallan los “afectados de la Montaña”, avecindados muchos de ellos en Zaragoza y autores de argumentos tan vagos y universales que al regante de Bardenas acaban por confundirlo con el Yeti del Himalaya. Hay aragoneses que intentan arruinar en los juzgados el futuro de otros paisanos suyos. Hay “alquimistas del desarrollo” que saben aprovechar el agua sin embalsarla y no faltan tampoco beneficiarios del recrecimiento que fingen alegremente no serlo.

Así, entre todos, han conseguido que buena parte de la opinión pública haya entrado en una especie de callejón del Gato, aquel valleinclaniano lugar cuyos espejos cóncavos deforman la realidad hasta convertirla en esperpento. Sin embargo, si sometemos la cuestión al rigor del sentido común, esas imágenes disparatadas empiezan inmediatamente a diluirse y muchas de las opiniones emitidas quedan reducidas a simples e incomprensibles ocurrencias.

Por lo pronto, reflejado en el espejo de la razón, vemos un recrecimiento de Yesa a la máxima cota diseñado sobre un cálculo correcto de las demandas y sobre la conveniencia de almacenar agua los años húmedos como reserva para los secos, pues el río Aragón –esto lo ignora la ingeniería imaginativa- no segura siempre un suministro suficiente.

Vemos un solo afectado incuestionable, Sigues, cuya inundación no es aceptable. Si las represas protectoras no fueran jurídicamente viables, habría que rebajar la cota de llenado. Pero tal eventualidad, aunque necesaria desde el punto de vista ético, seria negativa desde el punto de vista de los rendimientos sociales y económicos de la inversión, lo cual introduciría elementos nuevos en la relación entre la Administración y los usuarios.

Vemos un beneficiario, Zaragoza, que tendrá conflictos muy serios con la zona de Bardenas si el abastecimiento de la ciudad antecede al recrecimiento o se produce sin éste, ya que, con Yesa actual, no es posible traer agua a la capital sin perjudicar gravemente a las Cinco Villas.

Destacado por la lente de la verdad, vemos como problema central el hecho incontrovertible de que la obra –tres años después de su adjudicación- no arranca. Unos tienen la obligación de hacerla y no la hacen, otros no la consideran prioritaria y todos ellos encuentran en el debate sobre la cota de la nueva presa la coartada perfecta para justificar el retraso indefinido de su construcción.

Vemos también que la solución tiene que venir del diálogo, tanto en el plano político –con el PP como interlocutor esencial dada su condición de responsable de la única administración competente en la materia –como en el plano territorial.

Pero no entre el llano y la montaña –una dialéctica más mítica que real- sino entre la ciudad y el medio rural, incluida la montaña, cuyo retroceso demográfico es de la misma intensidad que el resto del territorio y obedece a las mismas razones; entre una ciudad que aspira a disfrutar del patrimonio cultural y medioambiental del “campo” y un medio rural que, sin agua para desarrollos agroindustriales, se despoblará y se desertizará de modo irreversible; entre una ciudad que –no olvidemos- determina las decisiones políticas importantes y un medio rural al que conviene asumir de una vez esa evidencia.

Vemos –con no menor inqu